La Ciudad es un legado: Por qué el verdadero liderazgo inmobiliario no necesita estampar su logo en las fachadas
Vivimos una paradoja en el desarrollo inmobiliario peruano. En nuestros directorios y memorias anuales, hablamos de "construir ciudad", "arquitectura de vanguardia" y "poner al cliente al centro". Invertimos en landscaping, acabados premium y certificaciones EDGE y LEED. Sin embargo, al entregar la obra, cometemos un acto que contradice esa promesa de valor: tatuamos nuestra marca comercial en la piel del edificio.
Tenemos los proyectos más sofisticados de la historia de Lima, pero los tratamos con la misma lógica de hace treinta años: marcando el territorio como si la ciudad fuera un gran lienzo publicitario gratuito.
La falacia del "Branding de Pintura"
Seamos honestos entre nosotros. La razón por la que pintamos logotipos gigantes en las medianeras ciegas no es estética; es una inercia operativa. Lo hacemos porque "todos lo hacen" y porque parece publicidad gratuita irresistible. Pero, ¿es realmente gratuito?
Desde una perspectiva de estrategia de marca, esto es un costo oculto de reputación. Cuando pintamos un logotipo de 50 metros cuadrados en la pared de un edificio residencial, estamos enviando un mensaje contradictorio: "Te vendí exclusividad, pero te entrego un soporte publicitario".
Humanicemos este dato. Piense en su cliente, ese profesional exitoso que se endeudó por 20 años para comprar su producto. Él no quiere vivir en el "Edificio Inmobiliaria X"; quiere vivir en su hogar. Al imponer nuestra marca de forma perpetua en su fachada, estamos ejerciendo una presencia intrusiva. Es como si una marca de ternos de lujo obligara al cliente a llevar la etiqueta cosida por fuera del saco para siempre. La verdadera elegancia es silenciosa; no necesita gritar su nombre.
Ética y Propiedad: El elefante en EL DIRECTORIO
Aquí entra la dimensión ética que debemos abordar con urgencia en nuestros comités de Gobierno Corporativo.
Sabemos, técnica y legalmente, que la fachada (incluida la medianera) es un bien común. Al reservarnos el derecho de mantener nuestra marca ahí, a veces mediante cláusulas en Reglamentos Internos que nosotros mismos redactamos, estamos cruzando una línea ética delicada.
Estamos privando a la Junta de Propietarios, nuestros clientes, de un potencial activo económico. Ese muro tiene un valor de alquiler en el mercado de publicidad exterior (OOH). Al ocuparlo gratis, estamos generando una plusvalía privada a costa de un recurso ajeno. ¿Se alinea esto con la misión de "integridad" y "transparencia" que colgamos en las paredes de nuestras oficinas?
La apropiación del espacio visual no es solo un tema legal; es un lastre para la confianza del consumidor. En un mercado donde la reputación lo es todo, ser la inmobiliaria que "respeta el edificio" vale más que mil impactos visuales en la Vía Expresa.
El impacto cívico: De constructores a contaminadores visuales
Como líderes de la industria, tenemos una responsabilidad que trasciende el EBITDA: la responsabilidad cívica.
Lima sufre de un caos visual agobiante. Cuando nuestros edificios compiten por ver quién tiene el logo más grande en la parte alta, no estamos construyendo ciudad; la estamos convirtiendo en un catálogo de páginas amarillas de concreto.
Imaginen el skyline de Lima limpio. Edificios que hablan por su arquitectura, por sus volúmenes, por su juego de luces y sombras, y no por su tipografía corporativa. Ese es el legado que deberíamos aspirar a dejar.
La oportunidad: El "Océano Azul" de las fachadas limpias
Aquí está la propuesta de valor y el giro de esperanza. El desarrollador que decida, por política corporativa, no pintar su logo en las medianeras, ganará una ventaja competitiva inmediata.
Diferenciación: "Nosotros entregamos edificios limpios. Tu hogar es tuyo, no nuestro panel publicitario".
Alineación ESG: Cumplimiento real de criterios ambientales (menos contaminación visual) y sociales (respeto a la comunidad de propietarios).
Estética Premium: La ausencia de ruido visual se asocia inmediatamente con el lujo y la alta gama.
Propongo una solución pragmática: La Cláusula de Transición. Si necesitamos exposición durante la venta, hagámoslo. Pero comprometámonos por contrato a borrar el logotipo y entregar la fachada impecable (o con un mural artístico real) al momento de la independización y entrega a la Junta de Propietarios.
Un llamado al legado
Señores directores, el éxito de un proyecto no se mide por cuánta gente lee nuestra marca en el tráfico de la Javier Prado. Se mide por la calidad de vida que generamos dentro y fuera de nuestros muros.
Es hora de soltar el "freno de mano" de las viejas costumbres publicitarias. Dejemos que nuestros edificios hablen por la calidad de su construcción y no por la pintura de sus letras. Devolvamos la ciudad a las personas y la propiedad a sus dueños.
Limpiar las fachadas no es borrar nuestra marca; es pulir nuestro prestigio.