El criterio no caduca. Las herramientas sí.

Construimos con software de última generación edificios que se retrasan igual que hace treinta años.

Ese es el dato incómodo que nadie quiere poner en la diapositiva de la conferencia sobre transformación digital: mientras casi todas las industrias multiplicaron su productividad en las últimas dos décadas, la construcción global creció apenas 1% anual, según el McKinsey Global Institute, muy por debajo del 3.6% de la manufactura y el 2.8% de la economía mundial en su conjunto. No es un problema de falta de herramientas. Es un problema de qué hacemos con ellas.

Llevo años en obras donde el modelo BIM está impecable en la pantalla y el proyecto igual se atrasa seis meses. El software no falló. Falló el criterio que debía interpretar lo que el software mostraba. Y ahí está la trampa del discurso que hoy domina el sector: nos venden que el tiempo tecnológico corre tan rápido que la experiencia acumulada ya no alcanza, que hay que reentrenarse cada seis meses o quedar obsoleto. Es una confusión deliberada entre dos cosas distintas: acelerar lo que ya sabíamos hacer, y saber qué hacer.

Descubrir el concepto de cero cambió cómo pensamos el mundo. Aprender a usar un nuevo software de programación de obra no cambia nada de eso, solo cambia la velocidad a la que ejecutamos una lógica que alguien ya tuvo que pensar primero. Confundir ambas cosas no es un error inocente, es un negocio: si logras convencer a un arquitecto con veinte años de oficio de que su criterio caduca cada trimestre, tienes un cliente cautivo de formación exprés de por vida.

Mientras el mundo digital se acelera, la infraestructura física sigue las mismas reglas de siempre. Un hospital tarda lo que tarda en construirse bien. Una red de agua potable no se acelera con inteligencia artificial, se acelera con decisiones correctas tomadas a tiempo. Esa brecha entre la velocidad del software y la inercia del concreto tiene consecuencias económicas directas, en sobrecostos y plazos incumplidos, y consecuencias urbanas concretas, en viviendas que no llegan cuando la ciudad las necesita. También tiene una raíz institucional: regulaciones que no distinguen entre digitalizar un proceso y mejorarlo, incentivos que premian la rapidez de entrega del modelo digital y no la calidad de las decisiones que contiene.

La imagen que mejor lo resume la he visto en campo más de una vez: un modelo BIM perfectamente renderizado, con cada instalación coordinada en 3D, construido sobre planos de terreno desactualizados. La herramienta era excelente. El criterio que debía validar los datos de entrada, no.

Lo que sí funciona es exactamente lo contrario a la promesa de la disrupción constante. Lean Construction, bien entendido, no es una lista de herramientas, es una filosofía que parte del respeto por las personas, y ese respeto significa algo muy concreto en la práctica: no se aplica una técnica porque está de moda, se empieza por entender el propósito, y ese entendimiento del propósito es exactamente el terreno donde el juicio del profesional experimentado tiene espacio para brillar, en vez de quedar relegado por el software. Un primer paso concreto y medible para cualquier equipo es simple: empezar a registrar el costo de los reprocesos originados en fase de diseño, antes de invertir un peso más en la herramienta digital de moda. Ese número, más que cualquier software nuevo, es el que revela si el problema es de tecnología o de criterio.

Un plano bien revisado es lo que la experiencia otorga.

Las herramientas se aprenden en semanas. Anticipar dónde va a fallar una estructura, dónde se va a atrasar un proyecto, dónde el plano bonito esconde un error caro, eso se aprende en décadas, y ninguna curva exponencial de cómputo lo acelera, no dejes que las luces deslumbrantes de la publicidad te desenfoquen de lo que realmente tiene valor.

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